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(A las tribus Panare y Hotis) Aquí en Kayamac todo es distinto, el amanecer convoca la luz el silencioso sol afanadamente arropa el caserío de la tribu. Camino como guardia que cuida de su mundo entre la belleza de las churuatas pobladas del tibio olor a sueño y la apacible mirada de los niños indígenas. Me recorre como un escalofrío al presentir aquí mi herencia milenaria mi permanente nostalgia. Al fondo de la churuata en sus hamacas treinta familias Eñepá se desperezan y ofrendan a Dios hermosas flores que prodiga la selva. Es la hora del rito. Los cantos, la comida, el baile, y la bebida nos convocan con la voz del raudal, en el que se abre paso la curiara con los dueños de este paraíso. Yo naufrago al intentar cruzar el puente me habita el terror de los caimanes y pirañas mi ropa se moja mi cámara se inunda de aguas cristalinas la memoria empieza a invadir el corazón y revivo todas las variedades de nostalgia. Me alimenta de la palma su moriche, sabroso fruto con olor a semen. El espeso sabor de la guanábana. me devuelve a un espacio sin edad. El raudal rodeado de negras esculturas me delinea a ese Dios sin tiempo. Me sumerjo en tus aguas me deleito en tu arboleda me alimento de tus frutos, me llevo tus limones. Me aferro a la selva ese mundo que siempre será mío y como tesoro guardo el amuleto de huesos, el medallón de cráneo de mono y las chaquiras para que me salven en las horas de prueba. Mi corazón se parte en dos mitades y mi ser llueve. Llueve intensamente, llueve a cántaros. |
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HERNÁNDEZ, CONSUELO |
jueves, 5 de febrero de 2015
Selva amazónica
martes, 3 de febrero de 2015
Del fusil y la rosa
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Un aire me circunda o me traspasa. Un aliento dulcísimo me embriaga Con una sensación desnuda y vaga, Porque la sombra alúmbrame la casa. Y si pone en mi herida suave gasa No hay fusil que la tronche ni deshaga. Porque la rosa en su virtud de maga, Los ruidos del metal calla y rebasa. Por eso está en mi mano, palpitante, Floreciendo la rosa en la desnuda Desnudez del asombro y del instante. Y aquí se quedará mientras trasuda —en la Hora terrible y acuciante— sombra la muerte con su guerra cruda. Rolando Elías |
domingo, 1 de febrero de 2015
Brevedad del poema
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La guitarra Suena como una piedra del río a medianoche. La bugambilia morada Tiembla en los brazos del verde. El limonero sestea Hasta que lo toca el viento. |
| Rolando Elías |
sábado, 31 de enero de 2015
ME VIENE HAY DÍAS UNA GANA UBÉRRIMA POLÍTICA...
ME VIENE, HAY días, una gana ubérrima,
política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.
Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil
en todo lo que puedo y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.
¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto!
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.
Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador —cosa terrible—
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.
Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil
en todo lo que puedo y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.
¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto!
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.
Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador —cosa terrible—
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.
jueves, 29 de enero de 2015
Abandonando de nuevo el puente de Cambridge
Ligero, voy a marcharme,
como ligero he venido.
Agito la mano levemente
para despedirme de las nubes del oeste.
Doradas ramas de sauces ribereños
son novias del sol crepuscular.
Sus bellas imágenes en el centelleante
agua
flotan en lo hondo de mi corazón.
Algas verdes crecidas en tierra blanda,
resbaladizas, se mueven en el fondo del
río.
Me gustaría ser una hierbecilla
en la ternura de las ondas.
No es manantial, es un arco iris del
cielo
lo que está a la sombra de los olmos.
Triturado entre las lentejas de agua,
se sedimenta un sueño de arco iris.
A buscar dueño. Pujando con una
pértiga,
conduzco a lo más verde de las plantas
mi barca,
cargada de brillantes estrellas.
Voy a cantar a voz en cuello en su
resplandor.
Pero no puedo cantar:
El silencio es la mejor flauta de la
despedida.
Los insectos de verano también callan
conmigo.
Silencio, esta noche, en el puente de
Cambridge.
Ligero, voy a marcharme,
como ligero he venido.
Agito levemente mis mangas
y no me llevo ni el jirón de una nube.
Xu Zhimo
martes, 27 de enero de 2015
Restrospectivo ausente
Me registro los bolsillos
desiertos
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.
Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican dónde fueron mis minutos,
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie,
nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de aulas y pelotas de trapo,
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro.
no me explican dónde fueron mis minutos,
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie,
nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de aulas y pelotas de trapo,
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro.
¿En qué escondidos armarios
guardan los subterráneos ángeles
nuestros restos de nieve nocturna atormentada?
¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?
¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo.
guardan los subterráneos ángeles
nuestros restos de nieve nocturna atormentada?
¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?
¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo.
Miguel Labordeta
domingo, 25 de enero de 2015
Miedo
Miedo a ver un coche de la policía
acercarse a mi puerta.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.
Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
Ya he dicho eso.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.
Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
Ya he dicho eso.
Raymond Carver.
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