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viernes, 1 de febrero de 2013

Nocturno de barrio


Las putas de mi barrio llevan
en pleno invierno las piernas desnudas,
y sugieren promesas y tarifas
con el mismo carmín de ciénaga en los labios.
Cultivan en la voz la misma gripe
y en las cuadras del alba tienen sitio.

Se detienen los coches, tiburones oscuros,
como si dentro no estuviera nadie.
Y ellas se acercan, ángeles y turbias,
con el andar ciprés de un niño expósito,
con la sábana sucia en la mirada
y los brazos supervivientes
de las agujas y el granizo.

No hay bastante dinero que salde la intemperie
en los altos tacones de la noche petróleo,
ni ese rumor del óxido y las ratas
que suena igual que grillos roncos
o que los ejes de aquella carreta
en la canción de Atahualpa Yupanqui. 

Isabel Pérez  Montalbán

domingo, 27 de enero de 2013

CLASES SOCIALES


Con seis años, mi padre trabajaba
de primavera a primavera.
De sol a sol, cuidaba de animales.

El capataz lo ataba de una cuerda
para que no se perdiera en las zanjas,
en las ramas de olivo, en los arroyos,
en la escarcha invernal de los barrancos.

Ya cuando oscurecía, sin esfuerzo,
tiraba de él, lo regresaba
níveo, amoratado, con temblores
y ampollas en las manos,
y alguna enredadera de abandono
en las paredes quebradizas
de sus pulmones rosas
y su pequeño corazón.

En sus últimos años volvía a ser un niño:
se acordaba del frío proletario,
(porque era ya sustancia de sus huesos),
del aroma de salvia, del primer cine mudo
y del pan con aceite que le daban al ángelus,
en la hora de las falsas proteínas.

Pero su señorito, que era bueno,
con sus botas de piel y sus guantes de lluvia,
una vez lo llevó en coche de caballos,
al médico.

Le falla la memoria
del viaje:
lo sacaron del cortijo sin pulso,
tenía más de cuarenta de fiebre
y había estado a punto de morirse,
con seis años, mi padre,
de aquella pulmonía.
Con seis años, mi padre.


Isabel Pérez Montalbán

jueves, 7 de abril de 2011

IZQUIERDA / DERECHA

Compañera, hora en llamas:
A la derecha de Dios, las mujeres
con bella manicura, los banqueros
jugando al golf con palos enemigos.
A la izquierda, los niños, las termitas,
el oro falso, la vida en cupones
de riqueza aplazada. Nunca es tarde.
No hay más que fe en el centro.
El centro es Dios cansado y aburrido
de esconderse y estar siempre tan solo.
Dicen que ya no existe la hojarasca
cubriendo los caminos de otro mundo.
Pero la gente espera y compra suerte,
horas en el veneno de las horas.
Y mientras, el infierno sigue abajo,
la derecha construye un cementerio,
y la izquierda, un eclipse de emergencia.
Qué frágil y pequeño el pesebre del hombre.

Isabel Pérez Montalbán

martes, 19 de enero de 2010

Compañera, la esclavitud

Compañera, la esclavitud:
Sobre mi piel, un manuscrito.
Los escribanos tatuaban su historia
de moribundos y gregarios.
La tinta turbulenta igual que los litigios
iba caligrafiando los recuerdos
como un puñado de mentira y brasas.
Aquí, una casa que no habité nunca.
Allí, el perfil salvador de una madre.
En la espalda, costumbres de extranjero.
Hasta que ya no atendí por mi nombre.
Tus manos ciegas, cuando toquen
mi cuerpo en el reposo,
leerán mi relieve en braille:
un idioma que a ellas se abandona.



(Marzo de 1992.
En la antigua Yugoslavia se independiza Bosnia Herzegovina.
Poco después comienza la guerra.)

Isabel Pérez Montalbán