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viernes, 26 de marzo de 2021

Punto final

 

Iban los vencedores con sus himnos
y su orgullo, y su grito, por las calles.
Las palabras del júbilo eran rosas,
guirnaldas y banderas. Bienvenidas.

(Por la raya del mar, el barco iba
—el último de todos— hacia lejos:
el exilio, la angustia, el cielo extraño,
la extraña tierra…  Sangre en las raíces.)

Ese himno ya no. !Callad, silencio…!
Tuvimos que aprendernos las palabras
del nuevo modo de salvar el mundo,
la música del pez en la pecera.

(Los himnos fenecidos, los pusimos
detrás de la memoria. Con ramajes
y camuflaje de hojas. Encerrarlos
era como enterrar la infancia en ellos.)

Desfiles. Tiempo nuevo. No pudimos
adaptarnos muy pronto. Más desfiles.
Quizá aquella gente extraña era,
en verdad, la verdad. Y la victoria.

(En la raya de Francia, los vencidos,
y en un flanco de España, la derrota:
los heridos, los vivos, y los otros.
El camino final. Y la posguerra.)

Se habló entonces de patria. De los hijos.
De Castilla la grande. Y en los montes
sólo una mano de la muerte
hacía la señal de la cruz sobre la guerra.

(Ellos tuvieron sólo el gran silencio.
Sólo su herida al lado de la tierra,
huesos que hay que olvidar. Muertos de España
a quienes nadie da nombre de muertos.)

María Beneyto

lunes, 22 de marzo de 2021

Balada del pan amarillo

 (postguerra)

En el pan de maíz, el sol queda
a sufrir con nosotros, amarillo.
Toda la población de la mazorca
nos acompaña así, nos edifica.

Por él acerca el campo su palabra
caída entre los muertos y el otoño,
su balada perdida, sin garganta
que dé salida al canto de la tierra.

En él late la yema de la vida
llena de avispas ciegas, desnortadas,
y bulle un zumo de limón caliente
en el lugar donde la sangre canta.

En el pan de maíz hay una rosa
amarilla de azufre y tristeza;
un acorde, una música de hierro,
quizá una fuerza de astros extinguidos.

Hay un calor dormido junto a un niño,
un fuego a medio hacer con hielo cerca,
una remota fiebre de azafranes
diluidos en mares de ceniza.

Perros hambrientos tienden sus aullidos
debajo de los árboles dorados,
y un aserrín de cálida madera
trepa al silencio en espirales mudas.

Por el pan de maíz, toda la vida
se nos quedó amarilla, pero erecta,
se nos quedó oxidada, pero firme,
y el pan aquél ya es carne, hueso nuestro.

Invisibles canarios que venían
inmiscuyendo su ternura inquieta
en el redondo pan de la amargura
nos daban alas, plumas, voces rubias…

Con el dolor del miedo nos saciaban.
Con su lívido frío. Y nos alzamos
en terca voluntad de crecimiento:
nos quisimos quedar a ver la vida.

Como una flor de liquen, arraigada
en tejado pobrísimo, sin tierra
ni apenas otra cosa que la nube,
así creció y se fue la dura infancia.

(¿Adónde? ¿Con qué escolta ilimitada
de estrellas y nenúfares? ¿Qué signos
sin descifrar dejaba? ¿Qué simientes?
¿En dónde están sus leves huesecillos…?)

Con amarillo pan hemos nutrido
la adolescencia débil y espigada,
el amor primero, lo inefable
de la esperanza: cuanto no tuvimos.

Y si crecimos, si hasta aquí llegamos
con el pan de maíz en las arterias,
fue porque el sol tribal de la naranja
se escondió con tristeza. Y nos sostuvo.

María Beneyto