Tiene también la sangre sus
revoluciones,
sus líderes y demagogos
que arengan al
pueblo de las ansias
congregado en el corazón.
Tiene
también la sangre sus masacres
—en nombre de oscurísimas
razones—,
en las que mueren tantos inocentes:
los de
pequeña voz, los tímidos
que no saben exponer sus
deseos;
menos aún, imponerlos.
Mueren entre las venas, y
de manera irrevocable,
lo mismo que acontece entre la
historia.
Muere toda una grey de tristes oprimidos, pero
en
la espantosa servidumbre del reemplazo
sucumben a su vez los
opresores
sin que exista un recodo, un breve hueco
en que
dejar sobre una lápida
constancia de su paso.
En la
anónima fosa de la sangre
yacen mezclados víctimas y
verdugos;
y en las terribles horas de la comprensión
qué
imposible resulta distinguir
del corrompido olor de la esperanza
degollada
el agrio aroma de sus asesinos.
Francisca Aguirre