Yo he visto a las mujeres que lloran en los parques, las
que
danzan en la noche y se evaporan de pronto ante la mirada
de
un hombre,
las florecidas en el amor, las muchachas
que vuelan a los
nidos más altos, las que me quieren sin saber
si las amo y
tocan el arpa las tardes con niebla,
las que sufren en mi corazón, las aromadas en música y las
que
sueñan con pájaros,
las que tienen pena, las desnudas a la orilla de un río,
las
dormidas para siempre sobre una almohada de nieve,
y las que cantan, las apacibles con una alondra en el pecho,
las
que están en mi alma melancólicas, tristes, refugiadas
en
sombra, las intactas del aire, las silenciosas, las
hermosas
muchachas meladas del otoño.
Yo he visto a las amargas que van cruzando un puente y
gritan
y la muerte las reúne conmigo, las dulces abatidas
que debajo
de un velo murmuran y son bellas como pálidas
vírgenes,
las sosegadas en gozo que son flor de un domingo cuando
todo
oscurece y las arrecogidas de alcoba mientras pasa la
vida.
Yo he visto una mujer que tenía un relámpago y un frasco
de
palabras amarillas escondido en su cómoda, la que roe
todo el
día como polilla su ébano y reparte adormideras al
acercarse
la noche,
la paloma de seda que ha bordado el olvido y es perenne en
su
torre y se parece a la idea de pensar en la lluvia,
las solas, que contemplan un álbum con fotografías y hojas
del
jardín de los Bóboli, las que guardan secretos y huyen
por la
noche a los nidales de pluma de los contrabandistas
enfermos.
Yo he visto a las mujeres ahogarse con un hilo de saliva
y
silencio, gacelas devoradas por el fauno de la Luna en
las
ventanas de mayo,
mujeres que recogen granadas en la huerta y las tiran a un
pozo
para no ser afligidas, para mirarse en los espejos y es-
cuchar
la lisonja de su propia figura,
muchachas con la llama de un astro entre las piernas, tum-
badas
en la hierba con el pubis mojado por la espuma ma-
rina, por los
labios del cielo que vigilan el alma.
Juan Carlos Mestre