miércoles, 29 de septiembre de 2010

COREOGRAFÍA

En fin
que no he vivido nada.
No sé qué cosa es una guerra
y tengo como prisión al cuerpo
y alma como campo de batalla.

Me debato entre la duda
de reflexionar o fluir;
esto es situarse en el palco de los espectadores,
o estar
en cada íntimo instante del milagro.

Vivo de pedacitos,
pero aspiro a la totalidad,
es decir a Mozart y al poema que me redima
y me revele los espacios absolutos
y la nada.

Percibo de mí
los sitios más secretos:
la culpa,
una tercera conciencia de las cosas,
la dualidad del pensamiento,
la ira pequeña
por lo que ya ocurrió.
Pero he vivido poco. Treinta años.
Dos amores de piel
y un querer abandonar
esta espera que me señala la vida.

Anhelo la anarquía,
el más tierno desorden del amor,
la cábala
los relojes de arena y una habitación sencilla.

Quiero tener un destino trazado de antemano,
encontrarme con Dios
y los abismos
y no tener conciencia de la llama.
Ser la llama misma y la aventura.

Pero vengo de soledades últimas,
de conversaciones que nunca concluyeron,
de espejos que me miraron desde la infancia hasta ahora,
de abandonados armarios de caoba que fueron
de tías o de abuelas remotísimas.

Cuán poco he vivido.
No conozco la guerra. Y tampoco la paz.
Me duele la orfandad,
el desarraigo,
el sentirme extranjera en cualquier sitio,
el no pertenecer
a una familia o a una patria.

No puedo narrar una batalla;
ni hablar del hambre y de la peste,
ni escribir la canción de algún soldado herido,
ni hablar de mujer violada,
ni decir cómo es un cementerio después de una llovizna.

Pero anhelo decir en el poema
que la vida me conmueve,
que respiro mejor cuando me entrego,
que necesito amar de la manera más simple y primitiva.
Me gusta la paz y la defiendo
y la guerra cuando es justa,
y el sabor de las mandarinas cuando llega el verano,
que me gusta ser una y arraigarme en el cosmos,
y sentir que mi vida palpita al mismo tiempo que la vida,
aunque no haya vivido,
aunque mi hambre sea de infinito,
aunque no sepa expresar
que por alguna razón precisa estoy aquí,
a punto de vencer,
a punto de morir,
de vivir.

Mía Gallegos

lunes, 27 de septiembre de 2010

ZONAS HÚMEDAS

los campesinos contemplan las zonas húmedas / (charcas /
dadoras de vida) / como desperdicios abandonados /
por las manos del hombre / (tierra perdida /
para la fértil labranza) / como una deshonesta /
proposición del olvido /

los urbanitas contemplan las zonas húmedas /
(paraísos ha bitables por intrusos) /
(agua estancada a orillas de los sueños) /
como si la materia fango / (les oliera /
a tercermundista) / como si entre las zonas húmedas /
y ellos / hubiese de por medio una raya equidistante /

los gobernantes contemplan las zonas húmedas /
(con ojos sabihondos de empresarios de la construcción) /
como espacios concéntricos / (vasijas de barro) /
preparadas para recibir el polen que /
derraman en sus fornicaciones los mosquitos /

Eladio Orta

sábado, 25 de septiembre de 2010

POEMA

Te escribo, Juan,
hermano,
ahora que la lluvia
recorta suavemente
los ruidos en la calle
para hablarte de que ayer,
allá arriba,
en el pueblo vacío
del lento somontano,
enterramos a la abuela
en aquel cementerio
cubierto de hierbajos,
arbustos,
y lápidas deshechas
por el tiempo,
las nieves
y el olvido.
Mientras ella yacía
en la alcoba tan grande
donde tú y yo
jugábamos de niños,
estuvimos la noche
recordando los tiempos,
los paisajes pasados,
las gentes que se fueron,
las tardes de domingo en la fuente,
que ahora
ya no mana aquella agua
que venía del frío.
Tantos trozos de vida recordamos
que el alba nos asaltó de golpe,
y el abuelo,
que apenas dijo nada de nadie
entre la noche,
murmuró suavemente:
Habrá que descenderla
y dejarla en la tierra
con los suyos.
Y la dejamos quieta
allí, bajo la yerba,
las nubes pasajeras,
los cierzos agoreros
y los riscos.
Luego, cuando salimos
ya no quedaba nadie
en el contorno.
Y aquí
en la ciudad de nuevo,
el abuelo,
viendo caer el agua
tras los vidrios
ha murmurado lento,
con sonrojo:
Hoy seguro que llueve
también
sobre la abuela
allá arriba
en el pueblo.

José Antonio Labordeta

miércoles, 22 de septiembre de 2010

EL ÁRBOL

---Permanece en silencio, solitario,
en mitad de la plaza
como un pájaro olvidado
o quizás como una nube amaestrada
por vientos tramontanos
No es ni sombra ni cobijo
de pájaros urbanos. No es, apenas,
el pudor de la tierra
izándose desde la tierra misma
hacia los cielos. Es, tan sólo,
un árbol ciudadano
bajo de mi ventana, más próximo al cemento
que a las grandes praderas
donde están sus hermanos
asentados. Tiene la palidez
de un empleado de banco y la turbia
timidez de los abandonados. Tan sólo
cuando pierde las hojas
recuerdo que es un árbol y lo amo.

José Antonio Labordeta

martes, 21 de septiembre de 2010

Mientras vosotros estáis con los grafismos

Mientras vosotros estáis con los grafismos
contándome la historia de los tiempos
escribo en el silencio de las aulas
palabras nostálgicas, recuerdos.
Mientras vosotros habláis de socialismos,
de movimiento obrero, de Bismarck el guerrero,
contemplo los objetos perdidos en el cielo
y escribo versos, tiernos versos de amor y regocijo.
Mientras crecéis para hombres y mujeres
y del ojo infantil os cuelga tanta vida,
asumo nostálgico este tiempo
que apenas si me queda entre mis dedos.
Mientras vosotros vais,
yo vengo.
Doloroso es cruzarse en el camino.

José Antonio Labordeta

lunes, 20 de septiembre de 2010

PRIMER RECUERDO (de mi padre)

Hoy marzo y siete. ¿Recuerdas? Yo recuerdo.
Soy vivo y te recuerdo: Íntegramente puro,
siempre igual. Diste la mano a quien te dio la mano
y arrancaste el odio a quien te odió de espaldas.
¿Recuerdas? Ya casi primavera, olor a campo,
en las viejas ventanas del colegio -alguien dijo
que tu labor no fue importante.
¡Hay cosas, padre, que son mejor
guardarlas en silencio! -Alumnos con charangas
saludaban tu paso. También tu muerte -fuimos todos
contigo al cementerio- y veían tu pureza total
y sentían tu voz contra sus frentes.
Hoy ya marzo, otra vez, tanto tiempo te has ido
que recuerdo el dolor que te produjo
amar la libertad como la amaste.

José Antonio Labordeta

domingo, 19 de septiembre de 2010

VIDA

Ella corta las cebollas finamente.
Un obrero de construcción, de 25 años, cae hacia su muerte.

Ella agrega cilantro, clavos y jengibre.
Un soldado, de 21 años, pisa una mina al borde del camino.

Ella saca las albóndigas de la nevera.
Un periodista, de 43 años, recibe un tiro en la cabeza.

Ella revuelve la salsa a bajo fuego
y añade algunas lágrimas a la olla.

Noviembre 2, 2006

Lola Koundakjian