lunes, 26 de marzo de 2018

El patio



sabrás que lo que queda
es tan sólo una ausencia compartida
un otoño más lento que este otoño
han brotado sin ti
un par de rosas nuevas en el patio
han nacido sin ti
tú ya no puedes
pedirle a alguien que te las acerque
que las coloque en un vaso con agua
ahí frente a tus ojos
ya no puedes mirar
ni las rosas del patio
ni la grieta del muro
que se abre sin ti
sin que tus manos puedan hacer nada
para cerrar la herida
no hay silencio más rígido
que el de este patio ahora
sin ti
muda soledad que no cobija
que se impone como luz desconchada
que olvidara la cal de donde nace
como ese óxido
que arraiga para siempre en el desagüe
va cayendo la tarde desatenta
ajena a la derrota
que crece desde ti confusamente
y ajena también a la quietud de los geranios
que tus manos podaban
a la desolación
sabrás que lo que queda es el fulgor
de la presencia tuya en las dos rosas
marchitas en el vaso

Ángel Campos Pámpano




domingo, 25 de marzo de 2018

La sentencia

 
Lo malo de esta situación
­­–o lo bueno, según se mire, que todo es relativo–
es que hay que vivir al día.
Se acabaron las citas, las agendas. De pronto
nada sirve de un día para otro.
Ni tú mismo mandas. Es tu propio organismo
tu luz y tu ceguera. Nada importa que el sol
salga radiante hoy y se vista de domingo.
Hay otro calendario y otro dedo en las nubes
y has de acostumbrarte a saber que eres sombra
tú que siempre creíste en la luz del verano.

 J.M. Santiago Castelo

viernes, 23 de marzo de 2018

Yo soy la mujer


Yo soy la mujer
Yo grabé las figuras en la pared de las cavernas
Descueré a las bestias y curtí sus pieles
Yo cocí la carne y la sequé para servirla en las noches frías del invierno
Cosí con los tendones y agujas de sus huesos el calzado de los padres de mis hijos
Los guerreros que me forzaron. Los valientes cazadores
Los jefes de los clanes. Los chamanes. Los bufones

Yo soy la mujer
Yo limpié sus mocos y su semen
Yo amamanté a sus bestias huérfanas. Y a las mías
Yo mantuve vivo el fuego
Amasé el barro de sus vasijas y las levanté, y las llené, y llené sus bocas y sus vientres
Y lo seguí hasta las trincheras para coser su camisa y sus heridas
Para llenar sus balas y secar sus ojos de la muerte

Yo soy la mujer
La esclava invisible
La niña mutilada por elhombredelacuchillasucia
La puta lapidada
La bruja de la hoguera
La loca amordazada
La concubina

Yo soy la mujer
Nunca en mí
Nunca mi dueña
Siempre en otras manos mi destino
Mi cuerpo
Mi esperanza
cercenada desde el centro

Yo soy la mujer
Yo caliento la cama de los hombres
Yo madrugo para besar su frente a pesar de su silencio
Y podría comprender su miradausentedegarrasdespiadadas
pero no quiero
No cerraré los ojos por más tiempo
ni ofreceré mi cerviz otro milenio

Viraré mi rumbo al sur de su camino
No voy a restañarlo de más guerras
Dejaré mi carga espesa de dolor y culpa y que la mar se lleve el pus del tiempo

Yo soy la mujer
Y con mis manos de tierra y miel
amasaré las horas y el pan cada mañana
Y un día cantaré

María Gutiérrez

miércoles, 21 de marzo de 2018

LA OTRA ORILLA



Cuando ya estás cansado
de tanta medicina,
de tanta prueba clínica,
de tan modernas técnicas
y el dolor sigue ahí
bailando entre las goteras
de lo que fue tu cuerpo,
piensas si no sería
mucho mejor que bueno
dejar todo tirado,
marcharte suavemente
y desde la otra orilla
contemplar este mundo
que dejó de ser tuyo.
Sin dolor ni nostalgia.

José Miguel Santiago Castelo

lunes, 19 de marzo de 2018

SOY




Soy el que sabe que no es menos vano
que el vano observador que en el espejo
de silencio y cristal sigue el reflejo
o el cuerpo (da lo mismo) del hermano.

Soy, tácitos amigos, el que sabe
que no hay otra venganza que el olvido
ni otro perdón. Un dios ha concedido
al odio humano esta curiosa llave.

Soy el que pese a tan ilustres modos
de errar, no ha descifrado el laberinto
singular y plural, arduo y distinto,

del tiempo, que es de uno y es de todos.
Soy el que es nadie, el que no fue una espada
en la guerra. Soy eco, olvido, nada.

Jorge Luis Borges

sábado, 17 de marzo de 2018

Para un combatiente del Ebro





¿Qué sabemos nosotros
de los viejos caminos llenos de barro y lodo?
¿Qué podemos nosotros recordar
de la pasada guerra,
de esos pueblos pequeños rodeados de viñas?
¿De esos bailes de pueblo
sobre las verdes eras y a la luz del carburo,
cuando el sagrado azul, el azul del crepúsculo
se queda entre las tumbas, viejas y abandonadas?

Otoño, otoño mío,
¿Qué sabemos nosotros de la guerra?
Dime por qué el azul, sagrado azul,
es el color de los que nunca vuelven,
de aquellos que partieron
una mañana antigua
por los viejos caminos llenos de barro y lodo.

Andrés Trapiello

jueves, 15 de marzo de 2018

EL SEÑORÍO DEL DOLOR





El dolor camina enceguecido y sordo
sin tomar en cuenta llantos ni súplicas
como acostumbrado a las quejas sin fin

La tristeza se ha enseñoreado de pueblos y ciudades.
El miedo duerme junto a la cuna del más pequeño
que no alcanza a entender los porqués de los mayores

Es nuestra nueva vida, se escucha decir
añorando a la esperanza
que hace tiempo voló descorazonada y triste

Los sonidos lejanos traen el traqueteo de armas de guerra
y los ruegos apagados de los desahuciados
que no comprenden quien dispuso así de su destino 

A la mañana siguiente se apilan en bolsas negras
los cuerpos desmembrados con letreros amenazantes
que convocan al silencio obligado por el bozal del terror

No hay más alegría en las fiestas ni saludos desenfadados.
El enemigo puede ser cualquiera
y la traición se agazapa buscando prebendas 
aunque besar se deba los pies del tirano
que como dueño y señor te regale un poco más de vida

Tu estancia acá no será larga, y lo sabes.
Mientras tanto, el dinero y los placeres mundanos
son tu aspiración para cada uno de los días
que te queden, los cuales no te atreves a predecir

Los planes a futuro no es cosa que perturbe 
a los sicarios, pues ellos, mas que sus victimas
saben que la muerte les ronda permanentemente
como amante tierna y consecuente
que no se aleja nunca del objeto de sus amores

Y el dolor, sigue caminando enceguecido y sordo
sin tomar en cuenta llantos ni súplicas
del pueblo, al que hace mucho,
se le acabaron los dedos con que contar los muertos...



Adelfa Martín