Acá las personas son minoría
y a
veces (muy raramente) se las puede ver
caminando preocupadas entre
la multitud de vacas, de ovejas
y se ríen solo cuando tratas
de
hablar con ellas sobre la justicia.
Se mueren de risa cuando les
mostrás
un árbol y decís - miren qué belleza
en el
resplandor de la puesta de sol,
y prácticamente se caen al suelo
muertas de risa
torciéndose, cuando les lees
unas cuantas
líneas
de poesía clásica de amor
y de belleza
eterna.
En
general, acá oscurece temprano.
Aquí cenan con la luz apagada,
y
la oscuridad universal se restriega
con crujido de cucharas que
rozan platos,
En general, las personas acá viven poco,
morir
aquí se considera
un asunto serio, digno de machos,
y aunque
el camino al cementerio es corto,
a toda costa tratan de
alargarlo
andando por el laberinto de las casas y los patios.
Se
acuestan en el ataúd con las caras preocupadas,
colocándose el
gorro hasta las orejas.
Calladas. Calladas como una roca.
Y
solo ante el pozo, cuando el cura
rascándose la espalda,
empieza,
apurado, a hablar de la justicia, del amor
y de la belleza
eterna
en la tierra y sobre todo en el cielo,
una sonrisa leve
aparece
en las caras pálidas y peludas
y algo se dicen entre
ellas
moviendo los labios imperceptiblemente ...
¿Qué
dicen?
Ay, si fuera posible entenderlos
entre el llanto fuerte
de las mujeres, el cacareo de las gallinas
el mugido de las
vacas
y los insultos caóticos de los perros...
Hovhannes
Grigoryan