miércoles, 10 de julio de 2019

El grito


Nadie eligió su herencia.
Ni tú ni yo. Nosotros no elegimos.
Fue un desigual reparto. Fue un trallazo,
un tajo doloroso y dolorido,
un cuchillo de sombras, una herida
derramada en hondura y sin alivio...
Y aquí estoy, aquí estamos
con nuestra herencia en alto, sorprendidos
con este filo ronco en la garganta,
con este agudo y fiero y roto filo,
con esta manda bronca a flor de labios,
con esta vieja herencia y este grito.
Lo llevo en las entrañas, aguzado,
lo llevo en la conciencia ¡tan preciso!
Me cerca y acorrala día y noche
su rueda de navajas y cuchillos.
Mío es el viejo acento de la tierra,
míos la oscura ley y el desvarío,
míos el hosco resonar del monte,
el pulso de la tierra enfebrecido,
la vaharada ardiente de la sangre,
el toro de la noche y su bramido.
A esta sombría herencia no renuncio,
a esta herencia sombría me resigno:
con mi garganta rota lo proclamo,
con mis manos vacías hoy lo escribo,
con mi emoción despierta lo subrayo,
con mi porción de tiempo fecho y firmo


Nuria Parés

lunes, 8 de julio de 2019

Credo


Creo en el hombre,
el creador del mito y de los sueños.
Creo en el hombre aquí y aquí plantado,
jineteando su porción de tiempo,
encerrado en su círculo de angustia,
clavado en el madero del deseo.
Creo en el hombre sin antes ni después,
en el ahora, sin limbos, sin la gloria y sin infierno
y porque sé la luz y sé la sombra
creo en el hombre: el absoluto dueño
del olvido (esa pequeña muerte agazapada
que desde siempre nos acecha dentro)
como creo en el hombre: pobre esclavo
que sufre el ramalazo del recuerdo.
Creo en el hombre aquí y aquí plantado,
encerrado en los límites del tiempo,
encajonado en los muros de su mundo
enclavado en la entraña de su suelo,
aprisionado en cárceles y en minas,
circunscrito a su propio pensamiento...
Creo en la maravilla geométrica
del círculo concéntrico
y porque dos y dos siempre son uno
creo en la magia del número bicéfalo.
Creo también en desandar lo andado,
en el que sale afuera desde dentro
y creo en el que tiene la osadía
de ascender por círculos concéntricos:
creo en el hombre del zurrón y el báculo,
en la huida valiente y en el éxodo.
Ahora y en la hora de  las confrontaciones:
creo.

Nuria Parés

sábado, 6 de julio de 2019

Colofón de luz



He salido a la luz.
Estuve mucho tiempo soterrada.
Soy como Lázaro. Traigo
en mi vieja piel el calofrío
del minero y del topo
cuando salen al sol
y al caminar me cae
la sombra hecha jirones.
Me miro renacer. Vivo. Verdeo,
y aunque nadie los ve
me están saliendo brotes en los dedos
y unas ramitas verdes en los hombros.
Sé que me llenaré de gorriones.
He salido de mí.
Cuando hoy te diga
¡Hola! ¿Cómo te va?
¿Sabré qué me respondes? 
Nuria Parés

jueves, 4 de julio de 2019

Canto a los míos


Vivimos de prestado: no vivimos.
Fuimos menos que el sueño
de una generación, la fronteriza
de todos los anhelos.
Sé que no hemos vivido.
Un hada mala a nuestro nacimiento
presentó y nos lanzó la baba
de su poder maléfico:
"Habréis de hacer camino,
hacer camino lejos
recorrer las rutas que otros fijen
y recoger el grito de otro acento...”
Sé que hemos asistido
con los ojos abiertos
al vivir de los otros,
que hemos estado atentos
a la muerte del héroe
a la del mártir y a la del obseso.
Sé que hemos enjuiciado
y medido y pesado el oro ajeno
y no nos queda nada entre las manos
a que llamarle “nuestro".
Sé que la juventud paso de largo
o que nacimos viejos,
con la sangre entibiada,
cansados del esfuerzo
que otros realizaron.
Ellos fueron la voz
y nosotros el eco,
ellos fueron la llama
nosotros humo denso
ellos fueron la imagen de la vida
nosotros el espejo...
Hoy, en la edad de Cristo,
quiero coger mi verso
como un canto rodado,
firme y duro en el cuenco
de mi mano y estrellarlo 
contra ese turbio espejo
a ver si ya hecho añicos,
despedazado y roto, ya indefenso,
siento latir el pulso de los míos,
el pulso tuyo y mío, el pulso nuestro.

Nuria Parés

lunes, 22 de abril de 2019

Habla más suave


Habla más suave: eres mayor que aquel
que fuiste tanto tiempo; eres mayor
que tú mismo y sigues sin saber
qué es la ausencia, el oro, la poesía.
El agua sucia anegó la calle; una tormenta breve
sacudió esta ciudad plana, adormecida.
Cada tormenta es un adiós, cientos de fotógrafos
parecen sobrevolarnos, inmortalizar con flash
segundos de miedo y pánico.
Sabes qué es el duelo, la desesperación
violenta que ahoga el ritmo cardiaco y el futuro.
Entre extraños llorabas, en un moderno almacén
donde el dinero, ágil, sin cesar, circulaba.
Has visto Venecia, y Siena, y en los lienzos, en la calle,
jovencísimas, tristes Madonnas que ansiaban ser
muchachas normales y bailar en carnaval.
Has visto incluso pequeñas urbes, nada bonitas,
gente vieja extenuada por el sufrimiento y el tiempo.
Ojos de santos morenos brillando en iconos
medievales, ojos ardientes de bestias salvajes.
Entre los dedos cogías guijarros de la playa La Galere,
y de pronto sentías por ellos una inmensa ternura,
por ellos y por el pino frágil, por todos los que allí
estuvieron contigo y por el mar,
que aunque potente, es tan solitario.
Una ternura inmensa, como si fuésemos huérfanos
de la misma casa, para siempre apartados los unos de los otros,
condenados a breves momentos de visitas
en las frías cárceles de la actualidad.
Habla más suave: ya no eres joven,
el éxtasis ha de pactar con semanas de ayuno,
has de elegir y abandonar, dar largas
y hablar extensamente con embajadores de secos países
y labios cuarteados, has de esperar,
escribir cartas, leer libros de quinientas páginas.
Habla más suave. No abandones la poesía.

Adam Zagajewski




sábado, 20 de abril de 2019

Canción del emigrado”


En ciudades ajenas venimos al mundo
y las llamamos patria, mas breve es
el tiempo concedido para admirar sus muros y sus torres.
Caminamos de este a oeste, ante nosotros rueda
el gran aro del sol
ardiente, a través del cual, como en el circo,
salta ágilmente un león domado. En ciudades extrañas
contemplamos las obras de viejos maestros
y, sin asombro, en añejos cuadros vemos
nuestros propios rostros. Habíamos existido
antes, e incluso conocíamos el sufrimiento,
nos faltaban tan sólo las palabras. En la iglesia
ortodoxa de París los últimos rusos blancos,
encanecidos, rezan a Dios, varios lustros
más joven que ellos y, como ellos,
impotente. En ciudades ajenas
permaneceremos, como los árboles, como las piedras.

Adam Zagajewski

jueves, 18 de abril de 2019

Banderas


Banderas, abrigos donde naciones
cansadas, negras por falta de sueños, vivaquean,
banderas, arrugadas sábanas de héroes,
banderas, dejad ya de taparnos los ojos,
volved a vuestros campos de algodón ,
volved a Asia.
¿No sabéis
que se acerca la noche
y que se inquieta un tornado
de estrellas y lentejuelas?

Adam Zagajewski